Tras reunir a la mayoría de asistentes de mi fiesta nos dirigimos a casa, como todos los años, por el mismo camino de todos los años. Me lo pasé en grande; estaba increíblemente a gusto, me sentía querida, me sentía orgullosa de tener amigos como vosotros ahí, en mi cumpleaños. Fue una tarde genial, no me canso de decirlo. Algunas personas me sorprendieron más de lo que esperaba: esa espectacular y mejorada sonrisa aparecía con cada comentario estúpido e infantil que hacía. Te noté incluso tímida algunas veces... Sinceramente, no supe cómo actuar y por ello... fui como soy, puramente Lucía.
Sin quererlo, el ambiente se fue calmando a medida que la gente fue regresando a sus casas, quedándonos los cuatro gatos de siempre... los cuatro gatos de siempre y él. Sí, tú, el que me hace sonreír sin pensar, el que me acaricia con dulzura, el que me besa como si no hubiese un mañana...
"Vamos a mi casa", esa fue la frase que desencadenó todo, tanto la cantidad de mentiras que tuve que decir a todo el mundo para poder escapar contigo como las mariposas que sentí cuando me abrazabas en aquella cama, tan fría y a la vez tan cálida... Me derretía con cada beso. Me gustas mucho, pocas personas han conseguido lo que has conseguido tú: que desee verte con todas mis fuerzas cada momento, con cada detalle que me recuerde a ti. Te he visto esta misma mañana y ya te echo de menos.
Anhelo tus manos sobre mi cintura, deslizándose lentamente hacia ninguna parte...
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