Hace bastante tiempo que no escribo, pido
disculpas a mis lectores por ello. Todo este tiempo he estado lo que se dice
"en época de exámenes", y por supuesto, histérica perdida. Debido a
lo estrictos que son mis padres con respecto a los estudios no podía permitirme
el lujo de suspender alguna asignatura... Solo tenía dos opciones: aprobar y
pasar un verano de fábula o suspender, dejar de estudiar y trabajar en lo que
se pudiese. Y no le iba a dar el gustazo a mi madre de regodearse durante un
verano más de mi fracaso con las notas. No señor.
Hace poco tuve algunos exámenes de
recuperación, de algunos exámenes que me habían salido mal. En resumen, mi
diafragma necesitaba ya un descanso, pues llevaba unas dos semanas siendo
gelatina de pomelo. Aun así, y aunque me falte saber una sola nota, estoy
contenta con mis resultados y SE con toda certeza que quiera mi madre o no,
este verano va a ser el mejor verano de mi vida, empezando porque será el
primer verano que no pase las vacaciones con mis padres, un verano sin tocar
los libros, un verano con mi chico, un verano fantástico.
La verdad, el curso no era ni mucho menos
difícil para llegar a suspender, son solo cuatro asignaturas; lo difícil fue
caerles bien a las profesoras, ya me entendéis. Ha sido un curso de infarto.
Ayer fue mi primer día de verano, nada más
salir del último examen me sentí... ¿Libre es la palabra? No lo sé, pero pude
sentir tranquilidad, tranquilidad que no había sentido desde la entrada
anterior. Y como no, mi primer día de verano fue con el, donde y como a mí me
gusta. Acabamos tirados en el Retiro, con una cachimba de regaliz perfecta, el sol,
los pájaros, una leve brisa y de vez en cuando algún que otro beso.
Mi primer día de verano ha sido muy muy
especial y espero que todos los que quedan sean igual de especiales. Gracias a
mis lectores por seguir leyendo mis entradas, de corazón.
¡Prometo escribir más
a menudo!
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